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domingo, 26 de abril de 2015

CUANDO SE DEJA UN LEGADO.



Por. Eva Varona

En memoria del Profesor Guillermo Zúñiga Martínez.

Cuando se deja un legado se nota en el rostro de a gente.
Se nota en las lágrimas de mi padre al perder a su amigo, al compañero de batallas por décadas, al compañero de la oratoria, del análisis, del intelecto, pero también de la dupla de los partidos de dominó aquellas noches y madrugadas juveniles acompañadas de gritos de emoción, acompañados del mejor anfitrión peroteño.

Es cierto; la salud del profesor se venía mermando cada día más, su físico lo abandonaba pero su misión lo quería mantener en pie.



“Recuerdo la última vez que lo vi” me platica mi padre; hasta hace unos días estaba en la rectoría firmando documentos rodeado de una pequeña multitud; lo miró de lejos no quiso interrumpirlo, pero algo lo hizo voltear y con la mirada lo localizó…hizo una leve sonrisa y con las manos un gesto de fraternidad; mi padre correspondió de la misma manera… se dio la vuelta y se fue.
Sabía que ese era el momento, el instante efímero de una despedida que quedará grabada en la memoria de ambos.
Fue difícil darle la noticia a mi padre, pero en el fondo sabía que ese momento no quedada distante; han sido un par de años difíciles, donde han partido grandes amigos y su madre; mi querida abuelita.
La noticia se regó como pólvora, estaba confirmada la noticia; su hijo el alcalde de Xalapa, despedía con un tuit  a su amado padre.
Mi padre y el profesor, tienen una historia muy larga y la misma saldría a revelarse en algunas pláticas cuando llegamos al velorio.

Había un ambiente extraño; una atmosfera entre evento político y social mezclada con melancolía.

Los correligionarios se saludan, irónico que un momento así vuelva a unir el pasado.
Podría ver en sus miradas un reflejo de juventud y resignación.

El profesor aún no llega, la espera reúne cada vez a más personas y esa gente habla también de su legado.

Por allá…está el grupo político, rememoran sus momentos como servidor social bajo la función pública, de cuando fuiste alcalde de tu ciudad natal, aquella que ahora te despide con honores.

A lo lejos… y muchos apoyados ya en sus rústicos bastones, que son la prueba fiel del difícil pasado como profesores rurales, sacan anécdotas memoriosas de un hombre culto y versado entregado a la docencia.

Pero también está el grupo joven, tal vez un poco intimidado, en silencio observan; la nueva generación que aprende, que agradece, que honra.

Transcurren las horas entre anécdotas y risas discretas, entre silencio pensativos, entre pausas nostálgicas.

Todo se interrumpe al arribo de los familiares.
Sus rostros hablan de la herencia genética de su padre; entran estoicos dispuestos a celebrar una vida, deciden no mostrar con valentía el dolor de una muerte.

Con pasos firmes entra su esposa, la maestra agradece las múltiples muestras de cariño, reconoce los rostros, conoce los nombres, conoce las historias y recibe las palabras que con honradez acompañaron los pasos del hombre que caminó tantas décadas a su lado.
La profesora muestra una tibia sonrisa en sus labios… lo sabe, no es un adiós, es el camino que transitaremos todos.
Entra el legado político, u alcalde que curtido de mostrar el abrazo mecánico, se reencuentra con el abrazo fraterno, el honesto, el abrazo con desinterés, que abrazo que lo transporta a su niñez, es consiente del legado político que también puede ser hipócrita y grillero.
Su hija es discreta, orgullosa del que después de todo… fue su papi.
Guillermo un primogénito sonriente, observa agradecido las innumerables muestras de cariño, la cosecha de la labor de su padre… lo ha decidido celebrar la vida de su papá.
Me mira y dice sorprendido:
“¡Cuantos años!
Lo abrazo y ambos sonreímos; en nuestras mentes viajamos a nuestra niñez, a las tardes de una Xalapa hermosa y plácida en la que nuestros padres nos llevaban a la lucha libre… de ese momento lo tengo registrado en una foto, familiar por supuesto.
En el lugar apenas caben las flores así que deciden abrir una sala especial par ellas.

El momento llega; en aquella sala marcada con el número 5 llega el Profesor, nadie lo vio entrar, la sala permanece cerrada para la multitud solo los más cercanos entran.

Mi padre pudo entrar… pero con una mirada triste me dice:
“No. No quiero ver a mi compadre así”
Así decide quedarse con la imagen del amigo sonriente.

Y así pasaron las horas, entre personalidades, entre viejos correligionarios y amigos, entre las pláticas mi padre les pregunta si habrá algún homenaje póstumo; todos se quedan mirando entre sí… no se tenía contemplado.

Mi padre se mueve, habla con las personas correctas, era necesario, se debe despedir no solo al hombre sino también hay que honrar al legado.

Hasta ese momento mi padre no quiso ver a su compadre; pero se hizo inevitable cuando en el homenaje póstumo realizado en La Secretaría de Educación, entró entre aplausos rodeado de una multitud de profesores, políticos, maestros y alumnos.

En ese instante se proyecta mi legado, mi herencia periodística me hizo despegarme de mi padre para cubrir el evento… lo mire y me hizo una señal de aprobación… lo perdí entre la gente.

Mis ojos se humedecieron.
Tal vez en ese momento me conecté con mi padre que no tenía a la vista, sabía que lloraba al ver entrar a su laureado amigo…su querido amigo.

Y en la intimidad de nuestros pensamientos, miramos frente a nosotros el camino que todos debemos recorrer; nuevamente me sentí bendecida de tener a mi padre a mi lado.

Pero ese era el momento del profesor, el momento político que deja historia, del pedagogo que deja leyenda, del compadre y amigo que deja imborrables recuerdos.

Era el momento del hombre que dejó un gran legado.
@gazetatele

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